El intervencionismo, el gran derrotado en Norteamérica

Por Enrique Santos Montejo

El doctor Alfonso López Michelsen, en excelente artículo que publica “El Liberal” analiza con pleno conocimiento de causa y certero criterio, el fenómeno social y político que precipitó el deslizamiento de la opinión hacia el republicanismo y redujo a la nada las esperanzas de los jefes laboristas, empeñados en convenir las uniones obreras en factores electorales decisivos. “Desde las clases más bajas hasta las más elevadas, dice el doctor López Michelsen, todas maldicen hoy de la intervención del Estado. El agricultor, porque piensa que el precio de sus cosechas va a depender de un empleadillo de segunda categoría, más que de los abonos y las lluvias. El chofer prefiere conseguir, caras o baratas, las llantas de los productores que de los agentes del gobierno, por medio de memoriales en papel sellado. El comerciante quiere realizar su negocio sin cuotas, congelaciones, permisos ni prioridades. El inquilino está dispuesto a pagar el arrendamiento que se le pida, con tal de obtener el alojamiento, y piensa que sin la intervención del gobierno ya estaría solucionando el problema de las viviendas. El banquero sabe que hay abundancia de dinero, y quisiera destinarlo al fomento de la riqueza- Pero el Estado, con sus burócratas, le dice qué es lo que debe o no hacer con su dinero”. Más adelante agrega: “El afán de controlar crisis económicas futuras lleva a los gobiernos a dictar medidas que las producen de inmediato; y antes de que se produzcan los fenómenos monetarios de la deflación se vive por reacción psicológica una crisis económica, con todas las características de la escasez del medio circulante. Se legisla para una eventual carestía y se obtiene como resultado el que la escasez, que no existía, se produzca. Se dictan medidas para conjurar una hipotética crisis y el pánico consiguiente no tarda en producir los males que se querían evitar”.

“Tal, concluye el doctor López Michelsen, es la lección de las últimas semanas en los Estados Unidos”. Habría podido agregar: Tal es lo que ha pasado en Colombia con los controles y medidas extraordinarias para evitar crisis hipotéticas. Sobre todo, con las en mala hora dictadas por el gobierno para contener una inflación hipotética y controlar el precio de los víveres.

En pocas líneas supo el doctor López Michelsen condensar el estado de ánimo de un pueblo que quiere trabajar y producir, pero que no lo puede porque se halla atado al poste del intervencionismo paralizador de toda actividad creadora; residuo de prácticas medievales de gobierno; recurso de regímenes incapaces de afrontar la realidad y contra las drogas que lo están aniquilando. El mundo mejor, el mundo futuro, no será, como lo pretenden los que no aman la libertad de totalitarismos políticos y económicos, sino del libre funcionamiento de la iniciativa individual. El intervencionismo reposa sobre una base falsa: la incapacidad absoluta de los políticos para administrar las actividades económicas. Lo que en épocas normales está sometido a la rectoría de los grandes capitanes de la industria, hombres de negocios, técnicos, de todos, en fin, los que han vivido en contacto con la tierra y con el trabajo, se entrega a burócratas que jamás supieron de las cosas del campo, ni saben como funciona una fábrica, ni tienen interés distinto del de conservar sus puestos. Esta operación se hace con el pretexto de favorecer a los consumidores y combatir a los explotadores. El remedio es caro y malo. Los explotadores se trasladan a la bolsa negra y allí obtienen utilidades mucho mayores que las que les dejara el mercado libre. Y el consumidor queda entre dos fuegos: el de los controles y el de los especuladores. Y sufre, entonces, no solo de carestía sino de escasez.

La supresión de los controles no produjo en los Estados Unidos ninguno de los fenómenos de alza que se previeron. La carne, según lo informa “Time”, que era uno de los artículos más escasos y cuyo precio subiría, conforme a los controladores, a límites increíbles, subió, en efecto $1.20 el kilo. Pero como la abundancia de carne era enorme, los consumidores se abstuvieron de comprar y los especuladores tuvieron que bajar sucesivamente hasta llegar a un límite inferior al de los antiguos controles, osea a bajar sucesivamente hasta llegar a un límite inferior al de los antiguos controles, o sea a 55 centavos el kilo, y sigue bajando. El fenómeno que temen los expertos no es el de la inflación sino el de baja general, con el aumento, cada día mayor, de la producción, causa inmediata del levantamiento de los controles.

Todos los males del mundo, provienen de la falta de libertad, cuyo ocasión principió después de la Primera Guerra Mundial. Despotismo político en Alemania, en Italia, en Rusia, en España. Despotismo económico en el resto de las naciones.

El remedio está, pues, en recobrar lo que perdimos. En devolverles a los pueblos la libertad de decidir de sus propios destinos. En permitir que España y Rusia, y Polonia y Yugoeslavia y Rumania y Grecia, y Hungría y Alemania, en elecciones in control, expresen su voluntad y se den el gobierno que quieran. Y en el terreno económico expresen su voluntad y se den el gobierno que quieran. Y en el terreno económico volver a las leyes naturales, suprimiendo las restricciones, abriendo los cauces a la producción y al consumo. El hombre nació para ser libre. La esclavitud, en cualquiera de sus formas, lo disminuye y lo hace infeliz, le quita dignidad y decoro. De la misma manera, la actividad controlada ya no es actividad. La producción carece de estímulos desde que se le somete a limitaciones artificiales. De este punto de vista, el pueblo americano que libró a la Tierra de la esclavitud política con su victoriosa participación en la guerra, la libró también de la esclavitud económica, con la victoria completa que obtuvo sobre el sistema de controles. Que fueron los verdaderos vencidos en el debate electoral.

Lunes 11 de noviembre de 1946

Transcripción del artículo “El intervencionismo, el gran derrotado en Norteamérica” del libro La II Guerra Mundial vista por CALIBAN. Páginas 419-420. Bogotá, 1988.

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