Libertad política y libertad económica

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Enrique Santos Montejo “Calibán”, abuelo del actual presidente de Colombia Juan Manuel Santos Calderón. Fuente: Blu Radio.

Por Enrique Santos Montejo

Ralph Robey, afamado colaborador de “Newsweek” para las cuestiones económicas, cuenta que uno de sus amigos, enloquecido de entusiasmo por la victoria, le decía: “¡Qué grande país el nuestro! ¡Pensar que hace cuatro años no éramos nada como potencia militar, y hoy hemos vencido a los dos más grandes poderes de la tierra, y somos la nación más fuerte del mundo, desde todo punto de vista!”. Es una observación elemental. Pero ¿a qué se debe este resultado colosal? Simplemente, concluye Robey, al esfuerzo individual pasado y presente. La economía libre controles, la iniciativa individual, crearon la formidable máquina industrial americana y educaron generaciones de sabios, técnicos y obreros especializados. De esta manera, con rapidez vertiginosa, se convirtieron en industrias de guerra las industrias de paz. Todo ello gracias a la magnífica organización que cada uno de los industriales había dado a su empresa. La economía libre permitió el desarrollo de la riqueza en proporciones no imaginadas; estimuló el espíritu de invención y les dio también a los soldados ánimo y coraje para defender la prosperidad y la libertad amenazadas por el totalitarismo. Es decir por el intervencionismo llevado a sus últimas conclusiones económicas y políticas.

Naturalmente se tratará de probar que la victoria se debió a la economía planificada, controlada y ordenada por el Estado, como base para incitarnos a imitar a Rusia y admirar las maravillas de la esclavitud. No fueron, como lo sugieren maliciosa o ligeramente los adoradores del estatismo, el totalitarismo ruso o el colectivismo británico los que ganaron la guerra. Fue la libertad individual americana, que por medio de la intensa producción de sus fábricas creó el organismo militar, y ayudó a sus aliados en forma definitiva, armándolos y alimentándolos. Es la producción barata y abundante la que determina el standard de vida de un pueblo. Y es la producción la que concede la autoridad con que una nación puede asumir un papel directivo en los negocios mundiales. No la producción obtenida mediante los sistemas faraónicos, sino la que usa métodos de libertad y deja a cada cual la escogencia de lo que debe producir y cómo debe producirlo y venderlo. Es decir, la producción dentro de una economía libre.

El sacrificio infinito de los rusos no puede ser ideal humano. Trabajar doce y catorce horas diarias, sin la menor garantía y con salarios suficientes apenas para no morir de hambre, es sin duda demostración sublime de lo que puede un pueblo resuelto a defenderse de un agresor injusto, y a vencerlo. Esta anormal demostración de virtudes extraordinarias, pero efímeras , porque son contrarias a la naturaleza humana y cuya misma exageración producirá tarde o temprano una reacción catastrófica, no es signo de verdadera fortaleza, como la de Estados Unidos. Rusia, después de su maravilloso esfuerzo bélico, ha quedado casi aniquilada. Los Estados Unidos, en cambio, cubrieron los mares y los continentes de soldados y de marinos. Invirtieron centenares de miles de millones de dólares en gastos de guerra. Fabricaron aviones, cañones, tanques, buques, el radar y la bomba atómica, sin renunciar a ninguna de sus libertades ni disminuir su standard de vida. Los obreros declaraban huelgas cuantas veces lo creían justo. Los teatros y espectáculos públicos atraían millones de espectadores. Los trabajadores de todas las categorías ganaron mejores salarios que nunca, y las cajas de ahorro, al terminar el conflicto, están abarrotadas de dinero. La producción agrícola se triplicó, y el consumidor aumentó considerablemente su capacidad adquisitiva  y pudo en todo momento satisfacer ampliamente todas sus necesidades. Las reservas alimenticias acumuladas son enormes. Los Estados Unidos han salido de la guerra más ricos, más libres, más poderosos que antes. Todo ello es el resultado de la iniciativa individual en todos los ordenes de la actividad. El ejemplo de Rusia nos ha mostrado cómo un pueblo sabe luchar hasta más allá de las posibilidades humanas, y cubierto de sangre, mal herido, como un gladiador romano, tiene aun vigor para dar muerte a su adversario. Los Estados Unidos pueden también enorgullecerse del coraje y heroísmo de sus hijos; pero no son como ese gladiador vacilante. En todos los episodios de la guerra se mostraron fuertes, soberbios, seguros de sí mismos. Su patria les mandó a los campos de batalla dotándolos de todas las comodidades y seguridades apetecibles. En la retaguardia quedaban padres, hijos, esposas, novias, protegidos en forma completa y al abrigo de toda emergencia. Nada había de faltarles. En las batallas perdieron la vida muchos soldados, porque esa es la ley de la guerra; pero no fueron nunca víctimas del descuido, del abandono o de la miseria. Sobre ellos no velaba únicamente un Estado monstruosos, ciego a la piedad y atento a los resultados. Velaban millones de ciudadanos, que ejercían el derecho de protestar, de exigir para el miembro de familia movilizado un máximo de garantías que nunca le faltaron.

La victoria de los Estados Unidos y la posición dominante que ejercen hoy en el mundo, son el resultado de la libertad política y económica. “Soy ciudadano americano”, puede decir con más razonado orgullo que el romano, el hijo de los Estados Unidos.

Terminada la guerra los americanos se apresuraron a librarse de regulaciones y controles -que nunca limitaron abusivamente su iniciativa, y fueron más bien elementos de disciplina y de orden- para volver otra vez al goce pleno de la libertad, mediante la cual podrá este gran país ejercer sobre los demás la influencia benéfica a que tiene derecho, no solo por su poderío, sino por el buen uso que de ella ha hecho.

Estas observaciones encuentran su complemento, o mejor, su definitiva justificación, en el libro “El camino de la servidumbre”, por Friedrich A. Hayek, economista de renombre universal, quien pide a los partidarios del estatismo, a los socialistas y planificadores, que antes de seguir adelante con sus proyectos, que desorientan y atraen a multitudes ignaras, se detengan, examinen a fondo la cuestión, desapasionadamente, y comprendan cómo estas teorías, llevadas a la práctica, conducen inevitablemente al totalitarismo, tal como lo ejercieron Hitler, Mussolini e Hiro-Hito. No hay escape para esta conclusión. La economía dirigida es la base de la política dirigida. O sea del partido único, al servicio de un dictador. De esta manera, seis años de guerra catastrófica, millones de muertos, miseria infinita, centenares de ciudades destruidas y la bomba atómica, nos volverán a la situación que quisimos eliminar. Perecieron Hitler, Mussolini y el fascismo nipón; pero nada habrá cambiado. Los muertos seguirán mandando. La economía dirigida es el camino de retorno a la servidumbre.

Viernes 7 de septiembre de 1945

Transcripción del artículo “Libertad Política y Libertad Económica” del libro La II Guerra Mundial vista por CALIBAN. Páginas 377-378. Bogotá, 1988.

(No puedo cerrar esta transcripción sin dejar de pensar que El abuelo de Santos pudo entender que la libertad económica y la libertad política son principios claves para el desarrollo. Santos Montejo pudo ver como las ideas de Hayek eran las correctas, y aquellas que daban vía al colectivismo las equivocadas. ¿Que pensaría Santos Montejo de su nieto que vio con buenos ojos la venida de un economista intervencionista como Stiglitz? ¿Como vería que su descendiente trajera a un asesor comunista como Juan Carlos Monedero? ¿Aprobaría que el presidente Santos haya facilitado el ingreso a la política a un sangriento grupo terrorista marxista como las FARC, aún en contra de la voluntad popular que tanto defendió el mismo Calibán en vida? ¿Que pensaría de la frase de su nieto Juan Manuel en la que aseguraba que mercado hasta donde fuera necesario y Estado hasta donde sea posible?)

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