Mis últimos días en la Universidad

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Esta es quizás la primera vez que quedé con unas compañeras para estudiar. Aunque no estaba seguro que quisiera ser economista, trataba de verle el lado amable.

Sí, llevo mucho tiempo sin escribir nada, pero es que también he tenido que pensar en muchas cosas. Estos últimos meses he tenido que pasar por muchas cosas que nunca pensé que iba a afrontar, y entrar en los últimos días de la carrera me ha traído emociones muy fuertes para un personaje tan flemático como yo. A ratos me da algo de melancolía por finalizar una etapa que hace rato debía haber terminado, pero a veces me siento tan a gusto al pensar que no debo volver más a la Universidad y dedicar mi tiempo completo a actividades que me generen mayor bienestar.

Esta carrera ha sido una de las mayores pruebas de paciencia que he tenido. Tim La Haye dice que los flemáticos son la encarnación de la paciencia, y quizás tenga razón. Entré bastante chico, con recién cumplidos dieciocho años y ya casi tengo veinticinco. Ya desde el principio empezaba una carrera de perseverancia para mi propia vida; no me gustó casi ninguna de las materias que vi en primer semestre, y aún así decidí terminar esta carrera. Creo que no me gusta dejar nada sin terminar.

A decir verdad, no se porqué escogí Economía. Desde que era adolescente deseaba ardientemente volverme músico. Crecí escuchando bandas como Stryper cuando la mayoría de mis compañeros tarareaban la canción pop de moda de la radio. Anhelaba mucho ser músico, pero dentro de mí albergaba una seria preocupación por mi futuro económico. Empecé a pensar que podría ser un buen ingeniero de sistemas, quizás abogado o psicólogo, profesiones que al fin y al cabo representaban algunas de mis aficiones.

Me decidí por Economía por el papel de las circunstancias. Me habían enseñado que una de las formas de conocer la voluntad de Dios podía ser a través del escenario por el cual estuviera pasando: no tenía notas lo suficientemente buenas para estudiar Derecho y tampoco disponía de suficiente dinero para estudiar en una universidad privada. Por otra parte siempre quise estudiar en la universidad del Estado ya que mis hermanos mayores así lo habían hecho y yo sentía que debía seguir ese ritual. Sin pensarlo mucho me anoté en el programa de Economía que no era exigente en requisitos académicos y que me permitiría obtener un título al cabo de cinco años.

Los primeros semestres me resultaron muy aburridos. Aunque era un buen estudiante en el bachillerato, en la universidad me volví un estudiante más del montón. No importaba llegar tarde, estudiar poco las fotocopias que el profesor dejaba o perderme a propósito en las lagunas de mi imaginación cuando me sentía desmotivado. No entendía bien la contabilidad ni me interesaba entenderla, y la teoría económica me parecía estresante. Así pasé la mayor parte de mi carrera, estudiando por estudiar y para dar gusto a mis papás.

También tuve que afrontar muchas dificultades con el TOC en tiempos de clase. Mi caso resultaba bastante molesto pues tenía mis pensamientos obsesivos cuando el profesor se hallaba en medio de su explicación. A decir verdad, las clases podían llegar a ser una forma de aliviar un poco la crisis ya que me daban poco tiempo para pensar y me servían para seguir en contacto con el mundo real, ese que para muchos obsesivos se termina volviendo con el tiempo un vago recuerdo.

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A lo largo de mi carrera me hice de una pequeña biblioteca que refleja bastante mi personalidad y mis gustos.

Tuve que conocer la decepción y la resignación. No hay nada más desagradable que tener un profesor antipático o terco como el solo cuando se es estudiante. En esos momentos en que me empezaba a interesar más por la carrera, caía en cuenta de la mediocridad de la mayoría de los docentes. Algunos creían que leer diapositivas, poner a los compañeros a exponer o dejar larguísimos documentos de texto eran apropiadas formas de enseñar. Fueron pocos (muy pocos) los que me hicieron estudiar un tema por el simple deseo de aprender, aquellos que escuchaban opiniones contrarias sin ponerse a la defensiva, que no repetían cosas por repetir y que verdaderamente se tomaban en serio el papel del economista.

Pero no todo resultó negativo, ya que conocí personas muy agradables en el proceso. Cuando salí del colegio era un chico bastante callado y ensimismado. Aunque había hecho alguno que otro amigo en el colegio, no me sentía verdaderamente libre para abrir el corazón. Entrar en una universidad tan grande como esta me obligaba a quitarme el caparazón. Aprendí a no tomarme las opiniones de los demás demasiado en serio, a reírme y sonreír sinceramente, y a defender mis opiniones cuando fuera necesario. Hice amigos en sitios y lugares que no pensaba que lo haría, y a algunas de esas antiguas amistades las sigo recordando con afecto.

Me reté a hacer cosas que nunca había hecho. Aprendí a nadar a un nivel considerablemente bueno para un tipo tan sedentario como yo. Como solamente tenía una clase a la semana (y estaban empezando los tiempos de exámenes), tuve que asistir casi todos los días al menos una hora para tener los rudimentos básicos de nado. Por supuesto no me volví profesional, pero me volví competente en la natación. También tuve que ir y hacer encuestas a algunos de los barrios más pobres y peligrosos de la ciudad, formular proyectos de empresa y por supuesto adentrarme en la economía teórica, aquella que había desdeñado desde el principio.

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Este mural resultaba de inspiración en aquellos domingos que debía ver clase de modelos matemáticos hace un par de años. Me hacía pensar que un día sería posible…

Finalmente, conocí y empecé a practicar aquellas grandes pasiones que hay en mi corazón. Con seguridad el año 2012 fue uno de los más felices para mí; no fue nada del otro mundo, pero marcó un antes y un después en mi vida. Empecé a estudiar guitarra en un Instituto, a compartir con otros jóvenes músicos (mucho más jóvenes que yo) y a conocer este hermoso mundo de la música. El profesor era un gran tipo y es uno de los pocos hombres que he conocido que se sientan tan identificados con su profesión. Nos decía que estudiáramos la guitarra por pasión al arte y al instrumento, no por el dinero o el reconocimiento que pudiéramos obtener. Le recuerdo con agrado.

Conocí la Escuela Austriaca de Economía que terminó de formar mi pensamiento liberal. Solía ser un uribista, pero muy atípico: creía que la salud y la educación debían ser negocios privados y pensaba que programas estatales como Familias en Acción eran un desperdicio de dinero con fines políticos. Conocía solamente a Friedman, pero me empezó a gustar más la economía al leer a autores como Mises, Hayek, Bastiat y Hazzlit entre muchos otros. Conocí el pensamiento de varios académicos liberales que me hicieron reconsiderar mis posturas económicas y políticas. Hoy es un placer sentarme a leer tratados sobre Economía, Política y Sociedad.

Me empezó a gustar Corea. Nunca me sentí identificado con el típico sueño de clase media colombiana: conseguir un buen trabajo (mejor si es con palanca en el Estado), casarme y mudarme a un costoso condominio a las afueras de la ciudad y comprar un costoso automóvil para aparentar. Cada día me parecía más monótona dicha realidad y me preguntaba como sería vivir en algún país extranjero, con una cultura diferente y como sería casarme con una chica que no guardara ningún parecido a mí. Me empecé a interesar por Corea casi por accidente al ver un video de un rapero asiático con sobrepeso y con una coreografía extravagante. Después de eso conocí a muchos coreanos y extranjeros residentes en Corea por Internet y empecé a leer más y más sobre este fascinante país. Ya falta menos para lograr este sueño.

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Corea pronto empezó a aparecer hasta en los lugares menos esperados (gimnasio de la universidad). Me causó mucha gracia cuando entendí que Taekwondo estaba mal escrito. La forma correcta es 태권도.

Con el tiempo descubrí que aquello a lo que temía era solo una ilusión. No iba a vivir pobre si me volvía músico y tampoco iba a vivir frustrado si estudiaba economía. No iba a ser siempre un chico tímido y desmotivado que viviera el día a día. No iba a vivir sin las ganas de arriesgarme, aún aunque pudiese fracasar en aquello que amo y que persigo con ansias. La Universidad no solo me enseñó sobre Economía, sino que aprendí a disfrutar del momento y a enfrentar cada día con alegría sabiendo que con mucho esfuerzo -y de la mano de Dios- lograría lo que me propusiera.

Han pasado siete años llenos de momentos tristes y difíciles. Han sido siete años de alegría y mucho esfuerzo. Han sido siete años imposibles de relatar de una sola sentada sin tener que omitir muchas anécdotas para mantener el hilo de mi historia o para que esta resultara medianamente amena. Han sido siete años llenos de lecciones que seguramente tendré que poner en práctica por el resto de vida que tenga por delante.

Aunque me falta muy poco por acabar mis días de estudiante y convertirme formalmente en economista, nunca he olvidado mi sueño… llegar a ser un Músico libre.

(La canción se llama We Weren’t Born To Follow de Bon Jovi de su álbum The Circle del año 2009).

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2 comentarios en “Mis últimos días en la Universidad

  1. Exactamente la misma situacion, solo que estudio diseño grafico y ya lo deberia haber acabado. Un abrazo.

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