¿Dejar Colombia… o no?

A HOUNSLOW RESIDENT WATCHES AS A PLANE PASSES OVER HIS HOUSE BOUND FOR LONDON'S HEATHROW AIRPORT
Cuando irse al extranjero no se hace por placer, la decisión es más difícil.

Al visitar a un amigo con el que estudié en la universidad, le pregunte por nuestros antiguos compañeros de clase y las respuestas no me dejaron de sorprender: “A está trabajando de cajera en un almacén, B dirige una gasolinera y C no encuentra trabajo desde que se graduó”. Me sorprende porque algunos de ellos eran estudiantes responsables, que obtenían buenas calificaciones.

Duramos mucho tiempo hablando sobre las posibilidades laborales de la carrera, y el resultado no me sorprende, pero me entristece. Aquí corroboro aquella idea que siempre he tenido de que la gente solamente estudia lo que cree que le puede dar algún bienestar económico, pero algo que no les llena. Me gusta la economía, más por el liberalismo (Escuela Austriaca) que por las formalidades matemáticas por las cuales nos conocen otros profesionales. No suelo presentarme como economista, en parte porque no me siento plenamente identificado con esta profesión, y con todo me resulta interesante. Por algo soy “Músico libre”.

Ser economista no tiene demasiadas oportunidades en ciudades pequeñas como la mía, por lo que el destino de muchos profesionales en ciencias económicas recién egresados es Bogotá. La fría capital acoge con todas sus dificultades a aquellos que no aman su profesión, aquellos que solo buscan un buen salario, aquellos que viven por vivir. No digo que no se pueda amar la profesión, o que recomiende irse tras fantasías imposibles de cumplir, pero creo que el éxito sigue a aquellos que son disciplinados y que disfrutan lo que hacen. Me queda el testimonio de las sencillas vidas de algunos grandes economistas.

Dicho esto, quienes se mudan a Bogotá se dan pronto cuenta que la capital tiene sus propios problemas. Todos los días los noticieros muestran las colas del Transmilenio, los robos, asesinatos, y los altos niveles de corrupción que afectan a Bogotá. Parece un episodio del Siguiente Programa, claro, sin el humor negro.

Vivimos en el país en el que “el vivo vive del bobo, y el bobo de papá y mamá”. Muchos colombianos terminan viendo la vida con el verdadero folclor con el que se identifican; se jactan de ser vivos, tener palanca y la famosa “malicia indígena”, o lo que es lo mismo, hacer trampa cada que vez que pueden. Se jactan de pertenecer a la patria más bella del mundo y con su ejemplo dejan mal parados a aquellos que nos consideramos colombianos de bien.

Hablando con mi amigo sobre las posibles soluciones al problema del desempleo, terminamos hablando de vivir en el extranjero. Desde que lo conozco ha deseado vivir en un país del “Primer mundo” con mejores oportunidades, y no lo culpo. Con el tiempo parece haber aplacado sus deseos, ¿piensa en su familia que dejará?, ¿le preocupa no saber inglés? o ¿se habrá acostumbrado a la idea de que quizás, solo quizás algún día las cosas mejorarán?.

El drama que vive mi amigo, lo viven muchas personas jóvenes de Colombia. Una crisis como la del petróleo ha dejado sin trabajo a muchas personas que ven con impotencia que el país de sus antepasados se destruye por el estatismo de los gobiernos actuales, y la insana complacencia de aquellos que viven de los subsidios y defienden el estado actual de las cosas.

Bastiat definió muy bien al Estado cuando dijo que era aquella gran ficción en la cual todos quieren vivir a costa de todos. Los pobres quieren que los subsidien los ricos, los empresarios quieren que el Estado prohiba la competencia extranjera, los religiosos que se prohiba lo que consideran inmoral y los libertinos que subsidien sus vicios. A eso habría que sumarle el Proceso de Paz con las FARC que dejará muchos crímenes impunes y que se pagará con el trabajo de muchos colombianos que estamos en contra.

A estas alturas queda muy claro que dejar Colombia es lógico, pero no necesariamente la opción más agradable. Quien se va deja a su familia, amigos y cultura para conocer un país con el cual no tiene más relación que la de huesped. Deja la música, el paisaje, la comida y aquello con lo que se identifica para mejorar su bienestar económico, lo cual es ventajoso y doloroso al mismo tiempo. Eso sin detallar la situación de los ilegales que protagonizan un drama de telenovela. Esas personas solamente son expatriadas de cuerpo, porque su alma sigue en Colombia.

Me gusta mi país, y en general he vivido bien aquí, pero siempre he tenido el profundo deseo de conocer otras culturas y ser un expatriado. Para los que son expatriados ‘forzados’, que no olviden sus raíces, pero que tampoco olviden que ahora tienen una nueva patria, y los que se queden, que sean muy berracos, porque este país no necesita tanto político progresista, sino gente trabajadora y esforzada.

Para finalizar, dejo un episodio del Siguiente Programa donde los protagonistas se vuelven expatriados (Parte 1, Parte 2).

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