Los barrios peligrosos de mi ciudad

A pesar de las duras condiciones, no todos son delincuentes
“Recibo subsidios del gobierno y con eso me mantengo”. La pobreza no era solamente un asunto de bajos ingresos, sino de la baja perspectiva de la vida que era alimentada por las políticas estatales.

(Los nombres de los sectores han sido cambiados y las imágenes no corresponden a los verdaderos lugares del relato. La canción al final es “Tony Presidio” de Vico C).

Hace unos años tomaba un curso de la universidad relacionado a investigación y proyectos, y mi compañero de grupo tuvo la brillante idea de hablar de seguridad alimentaria. Dicho y hecho -y por indicaciones del profesor- tuvimos que ir a hacer encuestas por los barrios más peligrosos de la ciudad. Aquellos barrios que suelen salir en el noticiero por guerras de pandillas y producción de alucinógenos.

Nos había citado una integrante del grupo en la universidad pues su padre policía nos llevaría para hacer las encuestas. Era imposible que fuéramos solos: un grupo de universitarios ‘hijos de papi y mami’ con celulares Blackberry serían presa fácil de los delincuentes. Durante el trayecto, el policía nos explicaba con pelos y detalles que no teníamos que demostrar miedo alguno. Era difícil no sudar cuando decía “Tuve que recoger un cadáver en esa casa esta semana”, “dejen los celulares dentro del carro” o “no se metan a ninguna casa”. Aquel hombre colérico me había parecido supremamente antipático, pero teniendo en cuenta su oficio no podía portarse de otra forma.

Al llegar al primer barrio, que limitaba con el barrio capital, llegamos a una casa en la que estaban produciendo la droga en la entrada principal. Dicho espectáculo tuvo su toque de comedia cuando el policía preguntó a un drogadicto que se asomó si era el a quien había capturado esa semana, y asintió. Con una voz fuerte e imponente exclamaba a los habitantes de la casa “Ole huev…. entren sus cosas o es que quieren salir en las fotos de los muchachos”. Por momentos sentía admiración y desprecio por aquel hombre de modales ordinarios.

Curiosamente aquellos barrios tenían una terrible y tenebrosa característica y era la soledad de sus calles. Tal escenario podría hacer parte de una versión tropical de Silent Hill. Las casas, pequeñas y frágiles estaban repletas de gente que se mostraba sorprendida por nuestra presencia. Quizás se notaba que no eramos del vecindario, o había temor de hablar de las dificultades del sector, pero esos rostros sorprendidos eran solamente opacados por aquellos con mirada de revolver.

Ya con menos nervios y escuchando los regaños del policía -porque me tembalaban las manos- fuimos por otros barrios menos peligrosos. Algunos lugares parecían estar intactos en mi memoria por aquella vez que por tomar una buseta equivocada cuando era niño, di una larga vuelta por la ciudad por barrios de casas de tabla. Aquel día hablaba a mis amigos del colegio sobre mi gran aventura, al igual que hoy.

Al llegar al barrio suizo, conocí unas pocas historias que no olvido. El barrio era un asentamiento de casas de tabla y cartón, que para sorpresa mía estaba pavimentado. Por un lado estaba el CAI (inspección de policía), y por otro lado una bajada por un angosto camino que iba hacia “cuadra picha”. Mientras mis compañeras hacían las encuestas, me puse a hablar con el policía del CAI quien me dijo que los distribuidores de las tiendas -como Coca Cola- tenían que subir escoltados por la policía, y que no robaban a los taxistas porque luego estos no volverían al barrio. También me señaló a algunos ladrones y sin titubear me dijo: “Ese moto taxista roba a sus pasajeros”. También me indicó que el techo de la inspección estaba blindado pues era costumbre de los delincuentes arrojar granadas por la noche. Lo que más me sorprendió de este barrio fue que quedaba a unos trescientos o cuatrocientos metros de una universidad privada y de un pomposo sector residencial y comercial.

Ya de vuelta a mi casa, más sereno repasaba por mi mente aquellos sitios tan distantes y tan cercanos. No suelen estar tan lejos como los imaginamos y tampoco están repletos de delincuentes. Muchos residentes son gente que ilegalmente ha invadido terrenos privados, pero que no participan en actividades más despreciables como robos o asesinatos. Lo que si me consta son los típicos paradigmas de sus habitantes: “Dejé de estudiar cuando hubo cambio de gobierno y dejaron de venir a enseñarnos” decía un dueño de tienda. “Recibo subsidios del gobierno y con eso me mantengo” afirmaba un ama de casa. La pobreza no era solamente un asunto de bajos ingresos, sino de la baja perspectiva de la vida que era alimentada por las políticas estatales. Seguramente el día que el Estado deje de creer que es un padre, y que estas personas dejen de esperar con la mano estirada y corran la milla extra, verán notables mejoras en sus ingresos y en su calidad de vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s