La jungla de Surabastos

El año pasado tuve mi primera oportunidad de trabajar y ganarme el pan con el sudor de mi frente. Pagaba mis clases en Batuta, mis gastos típicos de universitario, y me alcanzó para comprarme una buena guitarra electroacústica y una consola retro que regalé, la Gameboy Advance. A pesar de no ser mi mejor año académico, fué el año en que conocí como los sueños se logran con el trabajo duro.

El trabajo lo había conseguido por un familiar, que me dió trabajo en su negocio en Surabastos, y desde el día que llegué, empecé a escuchar las historias más extrañas que nunca jamás había escuchado. Surabastos es un complejo de edificios destinados principalmente a guardar granos, productos para el ganado, tiendas, incluso frutas y verduras. Mi trabajo empezaba alrededor de las ocho de la mañana, e incluía hacer mandados, ir a diferentes bodegas a preguntar precios, comprar bultos, limpiarlos, empacarlos y sellarlos. También imprimía facturas con pedidos que luego tenía que empacar, y ocasionalmente limpiar mi puesto de trabajo. El trabajo no era difícil, pero para un muchacho de clase media que nunca había trabajado, era todo un reto, no solamente físico, sino espiritual.

Los vecinos trastornados

Fernando administraba la bodega, y su profesión es la administración financiera. Es muy competente: llega temprano y se va muy tarde. Mide todo lo que hace porque además de ser trabajador, es socio del dueño de la bodega, por lo que cualquier error implica una pérdida para sus bolsillos. Fernando es uno de los casos mas notorios de superación, pues prácticamente sin el apoyo económico de nadie, estudió, trabajó y se graduó de su profesión. Fernando creció en un sector popular de la ciudad, precisamente en un corregimiento, teniendo que ver desde chico casos de violación, hurto, violencia intrafamiliar, abusos de drogas, prostitución y prácticamente cualquier mal habido y por haber de nuestra naturaleza humana.

A pesar de haber crecido en un ambiente tan hostil, Fernando se ha superado hasta convertirse en un excelente profesional, aunque sus problemas no terminan. A pesar de ser religioso, su pobre perspectiva de la realidad se volvió una pesadilla. Por sugerencia de su mujer, dió trabajo a Tatiana, una madre soltera que está en sus treintas. Tatiana creció en el mismo sector que Fernando y es el vivo ejemplo del rechazo y del estancamiento personal. Tatiana fantasea sobre su infancia perdida, cuando no conocía al padre de su hija, y cuando no conocía el sabor de la decepción.

Tatiana es el ejemplo del enfermo que no reconoce su enfermedad. Puede ser arrogante hacer una afirmación de esta índole, pero Surabastos, y el mundo está lleno de gente así. Llega llorando por las mañanas, por las golpizas de su hermano, o los insultos con sus padres, por lo que su rendimiento laboral disminuye y mucho. En el tiempo libre cuando quiero conocer el por qué de su sufrimiento, me cuenta la historia de su vida -que conozco de memoria-, de sus tragedias, de sus miedos y de sus pesadillas, pero se complica en extremo cuando hace vívidas sus fantasías. Tatiana busca ser correspondida amorosamente, y después de coquetear con sus compañeros de trabajo, intenta fallidamente atraer a Fernando que ni siquera se da cuenta de la situación. Cada día se vuelve más intensa y su comportamiento más incomprensible para quienes trabajamos con ella. Nos cuenta historias imposibles de creer, y aún cuando le hemos compartido de Dios, y yo le he sugerido visitar a un especialista de la salud, estalla tratando de evadir el tema. Tatiana es finalmente despedida, y después de mucho tiempo, la calma vuelve a nuestras vidas, o por lo menos a nuestros trabajos.

Fantasías homosexuales

Nunca fuí bueno para manejar estos temas, porque siempre he creído que lo que se hace en secreto no debe ser público, pero los rumores se vuelven cada día más evidentes, y hablar sobre esto deja der una opción. Los braceros, o coteros, son aquellos hombres que cargan y descargan camiones llenos de bultos de todo tipo. Son muy pobres, sin educación y suelen formar familias siendo muy jóvenes, para terminar sus días igualmente pobres.

Llegan muy jóvenes, llenos de energía y vigor, quizás pensando que algún día tendrán algo mejor, pero con el paso de los años, se empiezan a llenar de malas mañas. Los dueños de las bodegas los tienen entre ojos, pues suelen robarse cualquier cosa que esté a la mano, pero su vicio más extravagante está en sus fantasías sexuales. Por provenir de sectores tan deprimidos, es fácil imaginarlos tratando de tener más de una mujer al mismo tiempo, pero también tienen a algún hombre. Sebastián, José y Francisco trabajan todos los días juntos, y los viernes salen a beber y a tener sexo entre ellos. Son el objeto de burla de sus compañeros, aunque tratan de esconder la sodomía de los dueños de las bodegas. Los rumores dicen que José tiene un novio médico quien le ha propuesto irsen a vivir juntos, aunque hasta el día de hoy no lo han hecho.

Gustavo no logró ingresar a la educación superior, y se intenta formar como uno de los capitalistas criollos de surabastos. Presume sobre sus aventuras con chicas que conoce en una rumba, o con su novia universitaria. Pero sus esfuerzos por mostrarse varonil son en vano cuando se intenta poner coqueto conmigo, y a pesar de que le he sacado su homosexualidad en cara siempre lo ha negado, pero sus constantes charlas sobre sus amigos homosexuales corroboran mi percepción. No descarta volverse gay.

Se presume que Ignacio es gay, y tiene parte en un negocio grande de Surabastos. Él mismo se encarga de repartir los pedidos que se le hacen a sus bodegas y suele gastar bromas al bodeguero con el que trabajaba. Rodrigo es un cotero en edad de jubilación quien acepta explícitamente que “todos los hombres tienen un lado gay”. En fin, mis días en Surabastos empezaron adivinando quien era gay, y terminaron buscando a quien no lo era.

Los capitalistas

Doña Estela es una señora ya entrada en años que atiende su negocio todos los días de sol a sol como reza el dicho popular, es de temperamento fuerte y suele reñir con sus trabajadores, pero eso le ha ayudado a tener éxito con su negocio. De joven trabajaba en almacenes antiguos de la ciudad con su esposo Andrés, un señor bonachón que siempre parece estar de buen humor, pero que no parece disfrutar mucho del negocio de su mujer. Después de recibir pedidos y despachar pedidos para las mulas -buses muy comunes en Colombia- Doña Estela y Don Andrés se van a su casa en carro. No son ricos pero pasaron de la pobreza a tener confort, no viven en una mansión, pero sí viven en una casa bonita de un barrio tranquilo de la ciudad. Siguen disfrutando de los manjares de tiempos menos prósperos y descansan los fines de semana del ajetreo de la semana.

Don Gabriel es el segundo capitalista de la crónica. A diferencia de Doña Estela, Don Gabriel es grosero, ordinario y en extremo tacaño. A pesar de tener fincas, bodegas repletas y mulas, Don Gabriel es ridículamente avaro y antipático, tanto que Doña Estela le dice ‘Mr. Crap’ (Sr. mierda). Comercia en grandes cantidades y seguramente es uno de los hombres más ricos de Surabastos, formado también a pulso, pero no le gusta pagar a otros por el trabajo que el mismo puede hacer: Ordeña sus propias vacas, lava el mismo la suciedad de sus bodegas -una labor de riesgo para un hombre que se hace viejo- y presume sobre su ahorro de papel higiénico, pues no lo usa. Don Gabriel cree haber descubierto el secreto de ser rico, relatando que ahorra no usando papel de sanitario cuando hace sus necesidades, sino el agua de la ducha cuando se baña. No es difícil describír el desprecio y las burlas que hacen a sus espaldas personas menos pudientes.

El tercer y último capitalista es Don Pedro, que sin educación, pero con mucho empeño, ha logrado ser el más rico de Surabastos. Tiene mulas, bodegas y es conocido por muchos en Neiva. Sus hijos tienen lujos que él no pudo tener a su edad como automóviles o viajes al extranjero. Con una vida íntima que es conocida por sus trabajadores, Don Pedro no parece perder el sueño por tales pequeñeces. Suele incursionar con maquinaria con la que otros capitalistas sueñan, aumentando la eficiencia de su negocio. A pesar de ser tan adinerado, Don Pedro no se viste ni habla ostentosamente, no vive en una mansión, pero seguro disfruta del fruto de su esfuerzo en privado.

Es curioso como esta gente con poca educación -o ninguna en algunos casos- logre demostrar las leyes del capitalismo que defiendo a capa y espada. El esfuerzo egoísta que Smith, Mises, Hayek, Rand y tantos liberales predicaron se ve en la historia de los capitalistas de Surabastos. De hogares muy pobres, empiezan trabajando por sobrevivír, pero no contentándose, se esfuerzan y ahorran un capital que luego invierten en pequeñas empresas que pronto empiezan a dar fruto y a mejorar su bienestar y el de su familia, hasta volverse unos grandes capitalistas.

La selva

Surabastos es de todo menos un lugar seguro. Durante mi estancia conocí historias de violaciones, extrema pobreza, infidelidades, seducción, asesinatos, brujería y cuanta desgracia humana se me pudiera ocurrir, pero que por cuestión de tiempo no voy a narrar. Discutiendo con mi pariente sobre la causa de estas dificultades, solamente podemos afirmar que es gente que se ha entregado a su instintos más bajos, en parte gracias a que no tienen tantos prejuicios sobre lo correcto o lo incorrecto moralmente, y ven en su perversión la libertad de su verdadera naturaleza.

Músico meditabundo

Las noches de finas piezas de rock, de leer mucho sobre música, guitarras, economía austriaca y Corea del Sur, pasaron a labores menos sofisticadas como las labores típicas de un bodeguero. No importaba llegar sucio y cansado a la casa, pues estaba haciendo realidad mis sueños. No importa aún que tuviera discusiones con algunas personas de ese lugar tan desagradable, porque conocí como muchas de las cosas que había leído en libros, o que me habían contado, las veía y oía en persona.

No me queda tiempo -ni ganas- de hablar de los demás casos de Surabastos como el panelero que quería montar una pirámide, de los niños que escarbaban en la basura para alimentar a sus familias o de los anicianos y discapacitados que iban por limosnas y a vender rifas, pero puedo decir que Surabastos es un lugar en el que se aprenden cosas para la vida, y sobre como sobrevivír. No habrá una canción sobre Surabastos en mi repertorio, pero sí sobre las lecciones que aprendí ahí.

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